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| Nota al margen: "Lo bueno si breve, dos veces bueno"
"En un lugar de la mente, de cuyo nombre no logro acordarme..." |
Una noche no salió la LunaUna noche no salió la Luna. Los kakwe son un pueblo pequeño, de no más de cincuenta familias. Todas trabajan afanosamente en la búsqueda de diamantes para un explotador europeo que les trata mal y les paga aún peor. Incluso los niños trabajan todo el día o toda la noche en la mina de diamantes. Su trabajo es el más duro porque, como son más pequeños, pueden meterse por los huecos y recovecos más estrechos, donde no caben los mayores. Y se cortan, se golpean y se arañan con las paredes de la mina, pero tienen que hacerlo si quieren que sus familias y su pueblo puedan comer. El explotador les paga con un cuenco de comida diario a cada uno y, al pasar un año, con el diamante más pequeño que hayan encontrado. Sólo un diamante por familia. Estos diamantes se guardan en un cofre que hay en la choza del jefe. Antes del día de paga se reúne el Consejo de Ancianos para decidir que van a hacer ese año con el dinero que les darán al vender los diamantes, que no es mucho. La mayor parte del dinero lo invierten en el cultivo de maíz y ñame, y en ropa y utensilios varios, por lo que sólo les queda una pequeña suma para comprar algún capricho. Y sólo uno al año. Ese capricho suele ser algo para los niños, que son los que más sufren en la mina. Este año, como ya habíamos dicho, ocurrió algo terrible.
Ya habían recibido sus diamantes, pero no tuvieron tiempo para
disfrutarlo. ¡Habían desaparecido!. Estaban seguros de que
alguien los había robado, pero ¿quién?. No tenían
pistas, ni testigos. Nadie había visto nada. ¿O sí?.
Justo en el momento en el que el ladrón había cogido los
diamantes la Luna pasaba por allí, en su paseo de todas las noches,
y lo vio todo. Cuando se dio cuenta de la gran tragedia que se avecinaba
sobre el pueblo, la Luna pensó que no podía quedarse impasible,
que tenía que hacer algo. Todo el mundo esperaba que la Luna diera
su paseo cada noche, pero había cosas más importantes. Daba
igual que siempre hiciera su recorrido por el cielo, en ese momento sintió
que debía parar y hacer algo. Debía interrumpir su rutina
y mostrarse solidaria con el pequeño pueblo. Como la Luna no podía
hablar su única forma de descubrir al ladrón era iluminar
esa parte del mundo todas las noches, sin moverse, para facilitar a los
rastreadores la búsqueda cuando se ocultaba el Sol. El ladrón ya se había alejado bastante del pueblo. Era
el momento de parar a descansar y comer algo. Llevaba dos días
caminando sin parar. No quería que los del pueblo le alcanzaran.
Les llevaba unas horas de ventaja y, a pesar de la Luna, de noche era
más difícil que lo encontraran. Aún así debía
ser cauto. Como no podía hacer un fuego, tuvo que conformarse con
comida en conserva. Se sentó en un tronco caído y abrió
una lata de sardinas y otra de carne de buey. Sin apartar la vista del
sendero por el que había venido comenzó a comer. Mientras
masticaba sonrió ligeramente. Todo estaba saliendo a pedir de boca.
Lo había conseguido. Le gustaba verse como un pirata moderno. Al
fin y al cabo, los antiguos piratas también robaban a las personas
lo que tanto trabajo les había costado ganar. Cuando terminó
de comer, se limpió las manos sobre los pantalones y cogió
el cofre que había robado de la tienda del jefe. Extendió
un pañuelo en el suelo y echó sobre él los diamantes.
Habían por lo menos cincuenta. Con ellos saldría del lío
en el que se había metido. Pero para eso todavía quedaba
un largo camino. Tenía que llegar hasta Kinshasa y desde allí
tomar un avión a Europa. Los rastreadores comenzaban a desmoralizarse. No era un pueblo de cazadores, y no sabían si iban sobre la pista correcta. Quizá estaban alejándose cada vez más del criminal que se había llevado todos sus ahorros. De repente, gracias a un pequeño destello metálico, uno de los kakwe vio un par de latas en el suelo, junto a un tronco caído. Estaban llenas de hormigas, lo que significaba que hacía muy poco que se habían dejado ahí. Otra cosa estaba clara: o era un europeo o tenía tratos con ellos, ya que esos envases desde luego no eran africanos. Los rastreadores enterraron las latas y, más animados, continuaron con la búsqueda. Uno de ellos, Umbiko, miro a la Luna agradecido. Sin su ayuda jamás habrían visto aquellos envases. Al día siguiente, poco después del mediodía, encontraron al ladrón durmiendo bajo un árbol. Se acercaron hasta él silenciosamente y, tras un breve forcejeo, lograron inmovilizarlo. Esperaron a que cayera la tarde para iniciar el camino de regreso. Dos días después llegaron al poblado. La inicial algarabía
de la gente se fue apagando poco a poco al darse cuenta de que los rastreadores
volvían solos, sin ningún prisionero. ¿Qué
había pasado? ¿Por qué volvían con las manos
vacías? David Tomé |
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