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"Lo bueno si breve, dos veces bueno"
"En un lugar de la mente, de cuyo nombre no logro acordarme..." |
Sin TituloLa lluvia de plata que emanaba del brillante astro allá arriba en la infinidad de una oscura alfombra salpicada por los pequeños destellos de miles de almas, recorría las bañadas mejillas que habitaban el triste rostro de aquella figura que rendía su cuerpo a la gravedad. Sólo la mantenía erguida el férreo brazo que cruzaba de un extremo a otro la pequeña superficie allá en lo alto de la antigua estructura comunal. La suave brisa nocturna jugueteaba con su largo cabello dorado, así como el mar, tan solo a algunos metros frente a ella, manejaba a su antojo las verdes y lánguidas algas que cubrían el lecho marino, y así como su mente agitaba las tenues idéas que se arremolinaban en su aturdida memoria. No parecía poder alinear las velas con la dirección en la que el viento soplaba y cada vez iba perdiendo más su nublado rumbo a la vez que las circunstancias de su amarga vida se amotinaban para derrocarla como capitana de su navío y tenerla prisionera en una eterna celda cuya llave parecía haberse perdido en los confines del pasado, haciendo que el futuro, allá en la inmensa y oscura lejanía, no pareciera reunir fueras para, finalmente, arrebatarle el testigo a aquel tétrico presente en el que se hallaba inmersa. Pero tras un largo y agonizante buscar en la biblioteca de la razón, una luz salvadora comenzó a aflorar en la yerma oscuridad en la que se hallaba sumida su mente, una posibilidad de proseguir su hasta ahora tortuoria vida, de variar el rumbo y la corrompida tripulación de su refortalecido navío. La sumisa expresión de su faz se tornó en un halo de esperanza que iluminó su ahora radiante rostro. Los pensamientos que habían jugueteado con su destino se sumaron a la suave marea dorada que acariciaba las costas del tranquilo desasosiego mientras que su tenso cuerpo que antes amenazó con precipitarse al vacío, se dejó domar por las relajantes riendas de la paz interior. Fue en ese preciso instante de absoluta calma cuando la insaciable abstracción de la nada, sedienta de almas, obligó al metálico brazo que custodiaba el cuerpo de aquella víctima de las circunstancias a cederle aquel tributo como ofrenda, no sin antes emitir ésta un angustioso gemido que albergaba el sufrido lamento de aquella que finalmente había alcanzado la salida de sus desdichas para ver como la totalidad de su vida comenzaba un eterno viaje hacia el centro de un infinidad inexistente. David Tomé |
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